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Viernes 31 de marzo de 2017

Esta es la emoción que más perdura en tu organismo

Puede durar hasta 240 veces más que las demás.

Las emociones corresponden a esa característica humana que nos diferencia del resto de los animales y se convierten en el gran condimento de nuestra vida.

Hay un universo afectivo sobre el cual construimos todo lo que somos. El miedo, la rabia, la alegría y la tristeza son ese espectro de emociones básicas que transitamos cotidianamente.

Y claro, aunque algunas estén categorizadas como buenas y malas, lo cierto es que ninguna lo es y todas, en mayor o menor medida, aportan a una satisfacción a corto, largo o mediano plazo, y se convierten en energías movilizadoras.

Sin embargo, existe una que perdura mucho más tiempo que la alegría, la vergüenza o el aburrimiento... y esa es la tristeza.

A esa conclusión llegó un grupo de psicólogos que tras analizar las emociones -y los hechos que las generaban- de un grupo 233 personas.

De 27 emociones analizadas, la tristeza fue la más duradera. De hecho, el resto de las emociones pasaron bastante más rápidos en comparación.

Si no nos crees, revisa la duración en promedio de las emociones más comunes:

— Tristeza: 120 horas
— Odio: 60 horas
— Alegría: 35 horas
— Desesperación, esperanza, ansiedad, decepción y contentamiento: 24 horas
— Celos: 15 horas
— Alivio: 8 horas
— Entusiasmo: 6 horas
— Admiración y gratitud: 5 horas
— Relajación: 4,3 horas
— Culpabilidad: 3,5 horas
— Estrés: 3 horas
— Orgullo: 2,6 horas
— Ser tocado: 2,5 horas
— Cólera, aburrimiento y sorpresa: 2 horas
— Irritación y compasión: 1,3 horas
— Humillación: 0,8 horas
— Miedo: 0,7 horas
— Vergüenza y asco: 0,5 horas

Pero, ¿cuál es la razón por la cual nos cuesta tanto desapegarnos de la tristeza? La respuesta es simple: la importancia y el significado que le confiramos a los acontecimientos que las generaron, en términos simples, reforzamos la tristeza con ideas negativas que no logramos sacarnos de la cabeza.

Es decir, seguir con esas ideas pesimistas o tristes transitando en nuestra cabeza se vuelve el combustible ideal para alimentarla. ¿Qué tal?

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