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Jueves 14 de octubre de 2021

Columna de Ariel: Se busca caballero

Hace un para de años, la Asociación Psicológica Americana recurrió al concepto de “masculinidad tóxica” al publicar sus Orientaciones para la Práctica Psicológica con Niños y Hombres. El documento, que  es como un manual para los terapeutas gringos, plantea que la socialización de los hombres con énfasis en una “masculinidad tradicional, como el estoicismo emocional, la homofobia, el ocultamiento de la vulnerabilidad, el egocentrismo y la competitividad” conduce a una mayor proporción de individuos que recurren a “la agresión y la violencia como medios de solución de conflictos interpersonales”, así como “abuso de drogas, reclusión penal y mortalidad temprana”.

La masculinidad tradicional, dicen los psicólogos estadounidenses, es, en resumidas cuentas, dañina.

Los hombres cometen el 90 por ciento de los asesinatos y representan el 77% de las víctimas de homicidios en Estados Unidos. Tienen una probabilidad de suicidarse tres veces y media mayor que las mujeres y su expectativa de vida es 4.9 años menor. Los niños tienen más probabilidades de ser diagnosticados con déficit atencional que las niñas y son más castigados en el colegio, especialmente si son niños afroamericanos.

Las orientaciones recomiendan un mayor vínculo paterno con los niños y el desarrollo de mejores tácticas para disminuir el bullying, sugerencias en torno a las cuales hay un consenso amplio. No hay tanto acuerdo, sin embargo, en torno a si las diferencias de género responden a factores culturales o genéticos.

Las voces más críticas han apuntado a que en ninguna de las páginas de este documento se lee la palabra “testosterona”. Se dice ahí, en cambio, que “la comprensión de la naturaleza socialmente construida de la masculinidad y cómo afecta a niños y hombres es una competencia cultural importante”.

El profesor de psicología en Harvard Steven Pinker no está de acuerdo con esto que llama “doctrina de la página en blanco”, que rechaza factores genéticos y biológicos y considera un sacrilegio pensar que las diferencias entre las personalidades de hombres y mujeres estén determinadas biológicamente. 

Otro dogma que Pinker no compra es el que considera que la represión de las emociones, asociada a la masculinidad tóxica, es mala. Según él, eso contradice una buena porción de literatura científica que muestra que las personas con mayor autocontrol, particularmente aquellas capaces de dominar la rabia, llevan vidas más sanas, tienen mejores notas, sufren menos trastornos nutricionales, beben menos, tienen menos dolores y molestias psicosomáticos, se deprimen menos y son menos ansiosos, fóbicos y paranoicos, tienen mayor autoestima, son más conscientes, se llevan mejor con sus familias, tienen amistades más estables, tienden menos a tener sexo del cual se arrepientan y a imaginarse ser infieles en una relación monógama.

No es poco.

Según este punto de vista, el principal error de estas orientaciones terapéuticas es ignorar rasgos asociados a la masculinidad que resultaron de un largo proceso civilizatorio y que culminaron en el siglo 20 con la conformación de un ideal varonil de autocontrol, dignidad, discreción y deber. Atributos que conocemos como los de un caballero.

Steven Pinker sostiene que la la ética de autoexpresión romántica de los años sesenta, con su ímpetu contra las inhibiciones, ha debilitado el atractivo de un modelo de templanza y dominio de uno mismo que puede ser promovido como alternativa a expresiones nocivas de la masculinidad como el machismo, la violencia y el impulso a la dominación.

¿Dónde están hoy los Caballeros?

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