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Jueves 22 de julio de 2021

Amy Winehouse: La Eterna Estupidez de Morir de Amor

La columna de Ariel.

Hace 10 años murió Amy Winehouse. Es una de esas noticias tipo asesinato de Kennedy. En general, recordamos qué estábamos haciendo y dónde cuando nos enteramos. Fue una pena, pero no una sorpresa. Se veía venir. Ese show en Belgrado que fue el último de su gira cancelada lo decía todo. Amy Winehouse no estaba ahí. Y en un plano más existencial, no estaba ni ahí. Ya no le importaba nada. Ni siquiera cantar.

Tres botellas de vodka al pie de su cama y la soledad fueron todo lo que encontró en su departamento el guardaespaldas que dio el aviso. La tontera mistificadora del rock empezó a hablar al tiro del club de los 27. Esa era su edad. Veintisiete años al morir, como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain. Pocas cosas tienen tan poco sentido como esa glorificación de la muerte apenas iniciada la adultez. El daño cultural ha sido enorme. Ha perpetuado el mito de la juventud y el pánico al paso del tiempo y la vejez. Ambas cosas son inevitables y no hay mayor sinsentido que tenerle pánico a lo inevitable.

Otra mistificación nociva en el caso de Amy Winehouse fue el encuadre de su muerte como una muerte por amor. Qué lesera. La muchacha murió porque había dañado su organismo, a través de conductas adictivas y desórdenes alimenticios, al grado que ya no podía funcionar. La verdad no es más romántica que eso. Pero creo que necesitamos armarnos esos cuentos y fábulas sobre pasiones descontroladas también para rebelarnos contra la muralla inexpugnable de la realidad biológica de nuestras vidas. Creamos una cobertura dirigible para no enfrentar el hecho de que nos controlan códigos de los genes, duplicaciones de células, la circulación o ausencia de neurotransmisores entre otras cosas que no sé ni me pagan por saber.

Amy Winehouse no murió por amor. Murió porque estaba enferma. Peor aún, su enfermedad estaba a la vista de todo el mundo y fue como si la dejáramos caer porque así resultaba más entretenido. Porque así podríamos tener motivos para hablar una vez más de patrañas como la del “club de los 27”. Porque necesitamos creer que hay fuerzas misteriosas que nos mueven. Porque el vacío en que quedaríamos sin esas creencias sería intolerable.

Claro que Amy amó loca y desenfrenadamante. Pero tenemos que preguntarnos si esa forma intempestiva y autodestructiva de amar no era también un síntoma de su enfermedad. Claro, qué importa que haya sido un síntoma si al final de esa disposición al amor surgieron canciones que de verdad emocionan y tocan ciertas fibras. Ahí yo creo que sí vale hablar de un misterio, aunque deba existir la explicación neurofisiológica. Pero aunque tenga explicación, no todas las canciones te estremecen, te hacen llorar, te hacen sentir que alguien ya sintió lo mismo que tú. Amy Winehouse logró eso.

Supongamos que en algún punto temprano de su vida se hubiera detectado una tendencia a la bulimia y un comportamiento adictivo. Que la terapia y los remedios correctos hubieran hecho efecto y Amy estuviera todavía viva y con 37 años. ¿Habría cantado las mismas canciones? Esa es la pregunta peluda. Pero para mí, la respuesta es que ni siquiera la mejor canción merece que, además en nombre del amor, llevemos a la hoguera a más mártires de nuestra avidez por historias y estímulos que nos sacudan un poco este aburrimiento.

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