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Jueves 15 de julio de 2021

La columna de Ariel: La mitad del sueldo y doble labor

Estaba dándome una vuelta por ese remanso que son las redes sociales, donde campean los argumentos y la disidencia respetuosas, cuando me llamó la atención, por fin, un link que no era clickbait.

Era una noticia de verdad. toda una extravagancia en las plataformas de hoy. El texto resumía el informe "Igualdad de género en Chile: hacia una mejor distribución del trabajo remunerado y no remunerado" de la OCDE. Es verdad que esta gente no tiene mucho swing para los títulos, pero el contenido era tan llamativo como preocupante. Según este documento, la combinación de horas de trabajo remunerado y no remunerado de mujeres trabajadoras supera la de los hombres en igual situación en 12 horas. O sea, si sumamos todas las pegas que hacen mujeres y hombres, con pago o sin pago, las mujeres trabajan más.

El mismo informe nos ratifica además que las mujeres ganan menos, cosa que ya sabíamos y que la proporción de mujeres que ganan sueldos bajos es mayor que la de los hombres que reciben el mismo nivel de pagos. Otra forma de ponerlo: entre los pobres, las mujeres son más pobres. Pero no olvidemos que lo son pese a trabajar más. No por trabajar menos.

Este chancho sí que está mal pelado. En el trabajo y en la casa. Con el trabajo no me voy a meter tanto acá, sobre todo porque la consigna “a igual trabajo, igual paga”, que suena correcta en la superficie, igual me despierta dudas. Supongamos que trabajo lo mismo que una persona que ensambla chips para computadoras, pero yo hago limpiadores de pipas para tabaco. ¿Quién debería ganar más? “A igual trabajo, igual paga” suena como “de cada quien según su capacidad y a cada quien según su necesidad”, idea que no terminó muy bien. Para formarse una idea, vale la pena ver el documental LFG, sobre la pelea de la selección femenina de fútbol de Estados Unidos por acceder a las mejores condiciones laborales de la selección masculina. Pero bueno, sobre el asunto, me comprometo a pensar, investigar y estudiar para una columna futura, aunque no me paguen tanto como para eso.

Lo que quiero más que nada preguntar aquí es porqué la distribución del trabajo en la casa sigue siendo tan injusta. Mi principal teoría es que los hombres no son unos sátrapas aprovechadores y explotadores, sino que más bien se están aprovechando de una ventaja cultural que cuesta revertir. Históricamente, la integración femenina al trabajo ha sido poca en Chile. Ahora, con la pandemia, se han perdido 10 años de avances en el empleo remunerado de las mujeres. Hay un dicho que recuerdo de la niñez: “éramos muchos y parió la abuela”. Llovió sobre mojado.

La cosa es que creo que décadas y décadas de una mayor presencia de los hombres en el mundo del trabajo crearon un escenario en el que se volvió natural hacer descansar en los hombros de las mujeres el peso de las responsabilidades de la casa. Digamos que los hombres aprovecharon las condiciones para mirar al techo y silbar. Los hombres de ahora crecieron viendo que sus viejos hacían eso y sus viejos a sus viejos y así. ¿Cómo se rompe esta barrera cultural? Yo creo que hay varias cosas que se pueden hacer. Toda esa regularización del trabajo de empleadas domésticas (no sé cuál es el término políticamente correcto para esta actividad y hallo que “asesoras del hogar” es horrible) está bien, porque hace más caro el servicio y, en casos en que no se pueda pagar, introduce la necesidad de una mejor distribución de los deberes de la casa. No es casualidad, pienso yo, que en los países desarrollados tener “nana” sea una cuestión exclusiva de los súper-súper ricos.

Pero claro, si en la casa hay que repartirse las pegas, los trabajos tienen que ser menos absorbentes o más productivos, que es lo mismo. Las empresas deberían flexibilizar todavía más. A ningún hombre lo deberían mirar feo por pedir permiso para hacerse cargo de algún asunto de sus cabros chicos. Los hombres deberían usar el post natal que les da la ley. Las salas cunas tienen que ser universales ya mismo. El proyecto que avanza hacia allá está en el Congreso desde 2018. Las empresas deberían tener algún incentivo, no una obligación, para contratar más mujeres. El género de las personas debe ser lo más irrelevante que se pueda para acceder a una pega.

Y también creo que hay que ponerle mucha voluntad en la casa. La ilustradora francesa Emma Clit popularizó a través de uno de sus libros el concepto de “carga mental”, que se centra en el peso de planificar y tomar decisiones, sumado a la ejecución de las tareas de la casa. O sea, el trabajo doméstico, que se distribuye injustamente en desfavor de las mujeres, también demanda esfuerzos de concentración, memoria y proactividad. No basta, para Clit y la teoría de la carga mental, con repartirse un checklist con cosas que hacer, también hay que barajarse el management de todo esto.

Amigas, buena suerte con eso. Lo que plantean es como poner al junior del banco en la presidencia de un día para otro. Estamos hablando de gansos que no han lavado un plato, hecho una cama ni cambiado un pañal. Hay que tenerlos en entrenamiento. Si al principio hay que hacerles listas de pegas, habrá que saber hacerlas. Si hay que tolerar desastres domésticos en la cocina, el cuidado de la ropa, el cuidado de los niños o la limpieza del hogar, habrá que tolerarlos. Habrá que adiestrarlos. Un rato que sea. Esta podría ser la última pega injusta que les toque a las mujeres. Valdría la pena. Propongo después unas vacaciones con amigas y sin niños como bono por término de conflicto.

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