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Jueves 30 de septiembre de 2021

La columna de Ariel: La juventud

Cada vez que llega la primavera, pienso en la juventud. Las flores que se asoman y las hojas que renacen me llevan de vuelta a esa época de máxima tonificación corporal, resacas mínimas y energía sexual inagotable, cuando todo es posible y el mundo se extiende ante nuestra mirada como un campo infinito de opciones.

Podría decir que tengo envidia de las personas que están atravesando hoy por esa fase. Más que nada por el rendimiento físico. Pero nostalgia de esos tiempos no tengo ninguna. Me alivia haber superado y sobrevivido la juventud. Recuerdo esos días más que nada como un espejismo alimentado por la ilusión del apogeo corporal. Sentirse indestructible, capaz de todo, para siempre sin arrugas ni dolores de espalda es un efecto de esa fantasía que transforma lo efímero en permanente.

Me alegra haber dejado atrás ese engaño. Me alegra saber que las elecciones que hacemos tienen consecuencias y que no se puede volver a empezar eternamente. Me alegra darme cuenta de que el deterioro es inevitable, porque me permite valorar más cada momento que pasa. Me alegra ser responsable y haber aprendido a mezclar la locura con la cautela.

Los jóvenes piensan que los discriminan por su falta de experiencia. Los mayores envidian su juventud. Es algo que se ve en nuestros paisajes sociales y políticos. Los jóvenes apelan a recibir su pasaporte sanitario de adultos y los viejos tratan de congraciarse con los jóvenes adulando su arrojo, su energía, su irreverencia y sus ganas de cambiarlo todo. Los dos equipos están jugando a ser el otro. Ese es un gran error.

Ser joven y ser mayores no son méritos ni defectos. Son circunstancias. No creo en los relevos generacionales. Si fueran realmente necesarios, bastaría con establecer una edad, anterior a la de la jubilación, para entregar todos los puestos públicos y privados a personas de una edad menor. No tiene lógica. Prefiero la mezcla entre experiencia y ganas, entre calma e impaciencia, entre el deseo y la razón.

Nuestra idolatría a la juventud está instalando una adultez inmadura y disfuncional. Está atizando el miedo paralizante a la vejez y la muerte. Nos convierte en personajes algo tristes como Madonna con apariencia de muñeco de cera, comportándose como una teenager a sus sesenta y algo. Cada vez es más frecuente encontrar gente en sus treintas que se jura joven y que, todavía peor, sigue viviendo con los papás. Hasta Ricky Martin cayó en la tentación de estirarse el paño. Lo estropeó por completo.

Recuperar la juventud es un imposible que nos obsesiona. Hacerlo “es como descifrar signos sin ser sabio competente”. Violeta Parra sabía que no se podía. Pero es ella la que en la misma canción descubre que hay una fuerza, una energía o lo que sea que de pronto nos devuelve el destello de “volver a ser de repente tan frágil como un segundo” y “volver a sentir profundo como un niño frente a Dios”. Esa fuerza sería el amor, “torbellino de pureza original”. Yo creo que también puede tomar otras formas. Puede sentirse cuando tomas la mano de un hijo pequeño, cuando abrazas a una amistad que no has visto hace tiempo, cuando disfrutas un rayo de sol en tu frente, cuando una canción te hace un nudo en el abdomen o una foto te emociona.
A veces confundimos la juventud con esos instantes fecundos en que volvemos a sentirnos “like a virgin”. Pero la verdad es que, para esos momentos, cualquier edad es una buena edad”.

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