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Jueves 26 de agosto de 2021

Editorial: Lo que queda del Toque

Llevamos algo así como una eternidad y media en toque de queda. En Santiago, tenemos toda la esperanza puesta en alcanzar la cuota de vacunación necesaria, no para que se acabe la restricción, sino para que dure dos horas menos. La Cenicienta tenía más libertad que la que tenemos hoy. Y no hay una boda real esperándonos al final de la historia.

Ha sido terrible. Pero también ha sido necesario. Yo entiendo que restringir los desplazamientos por las noches no tiene un impacto visual tan fuerte como el metro o las calles más transitadas de la ciudad sin pasajeros ni transeúntes a plena luz del día, pero sirve, porque limita contactos en los lugares donde se producen la mayor parte de los contagios, las casas particulares.

¿Habrían sido más, menos o igual los contagios sin toque de queda? No lo sabremos nunca. Ese es uno de los problemas de esto. No podemos hacer experimentos. Es imposible decir, “ya, toda esta gente va a vivir con toque de queda y toda esta otra va a vivir sin y veremos dónde es mejor la situación”. La vida real no es un laboratorio. No hay FONDECYT para vivir. No podremos saber qué habría pasado si en vez de hacer A, hubiéramos hecho B. Si pudiéramos obrar así, imagínense todos los problemas académicos, laborales, domésticos, afectivos y sexuales que nos ahorraríamos. Pero no. Llegamos a la existencia sin hipótesis que contrastar y así no más nos vamos. No hay grupo de control, placebos ni segunda vuelta.

Dejo de ponerme en modo existencial barato para retomar lo del toque. No sé. A mí también me ha gustado carretear hasta las 10 y amanecer mucho más como lechuga que antes al día siguiente. “Son horarios del primer mundo”, he escuchado. Claro, de países productivos y con lucas donde la pega termina como a las cinco. Puedes cerrar el compu y partir a un bar. Si te quedas hasta las 10, tienes cerca de cinco horas de juerga. Pero acá, antes de la pandemia, empezábamos como a las ocho y muchas veces nos quedábamos hasta que los garzones empezaban a poner las sillas arriba de las mesas. Y al día siguiente, a trabajar con full hachazo.

Está bien terminar de trabajar temprano y no acostarse tan tarde. Es más productivo. Pero vamos, eso no puede lograrse a costa de la libertad. Cuando se acabe el toque de queda, probablemente vamos a volver al desastre en que se convertía nuestra vida social nocturna en días de semana. Hablo por mí, en realidad, aunque no soy la única persona que he visto en la misma.

Creo que el toque de queda pierde cada vez más sentido. Me parece bien implementarlo si se estudia bien y se concluye que algo puede si enfrentamos un rebrote de la pandemia. Pero ese efecto de vivir con “horarios del primer mundo” no creo que vaya a permanecer. Nos queda mucho por cambiar. Y ese cambio no se crea por decreto.

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