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Jueves 30 de junio de 2022

Columna de Ariel: Vacaciones de infierno

No había para mí mayor solaz ni felicidad más grande que cuando las clases escolares se suspendían por algún evento imprevisto: un desastre atmosférico, un terremoto o sus réplicas, un paro del transporte público, un corte de energía o de agua. Hay un capítulo temprano de Los Simpson en Bart se duerme aterrorizado por tener que ir a dar una prieba para lo que no estudió y pide que algo lo libere de ese suplicio. Al día siguiente, una nevazón impide que haya clases. El triunfo interior en el alma de Bart es lo mismo que yo sentía cada vez que pasaba algo así.

Pienso en lo que debió sentir la población escolar ante el anuncio del adelanto de las vacaciones de invierno y envidio profundamente esa emoción. Daría todo por volver a sentirla, porque es de esas cosas que sólo se experimentan en la juventud.

Contrasta con lo que en mi imaginación es la explosión de un goce juvenil en plenitud la amargura que también comprendo en los progenitores de estas almas repentinamente liberadas, sobre todo cuando se trata de infantes con apenas un poco más de autonomía que un hamster. Volvieron las pesadillas de la pandemia, agravadas ahora por el hecho de que la pega presencial está de vuelta y esto es problemático para dejar a las bendis en la casa.

Ahora, ¿quién podrá ayudarnos? claman como en un episodio del Chapulín Colorado mamás y algunos papás desesperados, mientras los profes del Colegio de Profesores siguen abanicándose y alegando que no son guarderías infantiles. Al final, están todos enojados con todos. Los apoderados con los profes, los profes con los apoderados, el MInisterio de Salud con el de Educación y el de Educación con el de Salud.

Las vacaciones se convierten así en un cacho y no en un alivio. ¿Por qué pasa esto? Concuerdo con lo que se dice en varios lados, que ante la primera amenaza sanitaria o de otra índole, lo primero que hacemos es suspender las clases, lo que está muy bien para esos adolescentes que no tienen otro plan que dejar la vida jugando en línea, pero muy mal para la formación de capital humano con posibilidades de acceder a mayores grados de bienestar en el futuro. La situación es de una injusticia de manual, porque además les pega más duro a las personas y familias más pobres. Esta protección en lo inmediato les puede estar causando un tremendo daño a largo plazo.

Tenemos un problema de infraestructura bien tremendo también, sin una buena red de salas cunas que permitan que los adultos a cargo de niños en la primera infancia, generalmente mujeres, puedan tener una vida laboral regular y constante. Tenemos jóvenes cada vez menos dados a la autonomía, crecientemente incapaces de quedarse solos y hacerse cargo de la vida doméstica. tenemos también una sensación creciente de inseguridad que hace que cualquiera lo piense dos veces antes de dejar a un imberbe a cargo de una casa o con permiso para hacer su vida en las calles de la ciudad mientras no tenga que ir al colegio.

Las vacaciones de invierno también causan terror por ese cada vez mayor miedo al aburrimiento que hemos ido cosechando en nuestras vidas. Nos apanica una semana más en que la juventud va a estar pegada a las pantallas, sin aprender nada de provecho ni desarrollar la imaginación. Bueno, no sé si es tan así. Es una conclusión apresurada pensar que los juegos en línea y los videos de 30 segundos en las redes sociales anquilosan ciertas capacidades intelectuales. Claro, si dominan toda la rutina de una persona con cerebro en formación, podría ser que sus habilidades para concentrarse por períodos largos o desarrollar una buena expresión verbal no fueran las mismas de generaciones anteriores. Pero tal vez desarrollen otras habilidades. La pregunta es si con esas habilidades van a poder encontrar la cura contra el cáncer o revertir el calentamiento global. Esperemos que sí, mientras las vacaciones ya están aquí.

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