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Jueves 17 de marzo de 2022

Columna de Ariel: Pobre Andy


Mi enganche de streaming esta semana ha sido el documental de Andy Warhol que está en Netflix. debo decir que teniendo muy pocos años, leí en una revista que creo era la típca revista que te pedían llevar al colegio para recortar un artículo sobre él no recuerdo a pito de qué, pero que, en el Chile remoto y provinciano de entonces, ponía harto énfasis en la controversia sobre si sus obras con las sopas Campbell y las cajas de detergente eran arte o no.

Para mi mente escolar y con poco uso no hubo demasiado vuelta que darle. Claro que era arte. Intuí que ese caballero con cara de maniquí de tienda o muñeco de ventrílocuo y mechas blancas estaba haciendo lo que habían hecho los autores de los otros pocos cuadros que yo conocías. Estaba eligiendo una imagen y apartándola de su contexto para que viéramos en ella el símbolo de algo, quizás algo que adorar o reverenciar. Supe de alguna forma que no puedo reproducir ahora, pero créanme que lo supe, que era lógico que alguien dedicado al arte retratara estos objetos que todos reverenciábamos, porque aparecían siempre en la tele, porque peregrinábamos a su encuentro en los supermercados, porque los adultos trabajaban para tener dinero con el que conseguirlos.

El documental producido por Ryan Murphy promete revelaciones sobre relaciones desconocidas de Warhol y lo cumple, según lo que he leído en medios gringos, porque hubo pololos que parece que no se sabía que tuvo. Yo, ni idea. Eso, saber cómo se llamaba y quién era tal o cual, no me inmutó. Pero sí encontré tierno la asociación que se hace entre la iglesia de Pittsburgh que estaba cerca de su casa cuando chico, a la que iba semanalmente, y algunas de sus obras. Los vitrales del templo, sus representaciones planas, todavía con mucho de medieval, dejaron una huella en su forma de representar, también muy bidimensional, de colores fuertes y marcados. Andy Warhol fue un artista religioso que representó a nuestras deidades, las estrellas de los medios de comunicación y los objetos de consumo.

Otra premisa del documental es que nos muestra que Andy Warhol no era en realidad esta persona fría y maquinal, que no albergaba sentimientos ni deseos. No me jodan. Te cuentan que en realidad esa apariencia no era más que una máscara, un disfraz para presentarse en sociedad. La verdad no sé cómo alguien podría pensar que esa manera de figurar públicamente no podría haber sido otra cosa que un escudo y una máscara. O sea. Tal vez sí hay cierta ingenuidad presente en mucha gente que prefiere creer esas fantasías, a la que le gusta comprar esas historias. Como he escrito antes, las ganas de creer son la fuerza de las mentiras. Pero es bastante obvio que en la vida cotidiana nadie va a ser el autómata que Andy Warhol representaba ante el público.

Lo que sí creo es que tal vez sufría más por eso, que cuando tenía que lidiar con penas de amor o con impulsos que no podía dominar, algo del personaje le pesaba. El pobre Andy, al final sufrió como sufrimos todos. Eso lo entendí más tarde. Pero más lo admiré.

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