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Jueves 11 de noviembre de 2021

Columna de Ariel: Cuando la moda incomoda

Ustedes a lo mejor no nacían y yo probablemente tampoco (déjenme jugar un poco al misterio acá) pero la pobreza de hace unas décadas en Chile era muy distintasa la pobreza de hoy. Ser pobre hasta los años ochenta, más o menos, significaba literalmente andar a pata pelada. Si veías a una persona que parecía pobre, pero que llevaba los pies cubiertos, te consolabas, porque eso significaba que tan, tan mal no estaba.

La pobreza de hoy es distinta. Incluso para una generación y sobre todo para los hombres, la pobreza camina por las calles con zapatillas bacanes, cuáticas y caras. La pobreza también se está mezclando con la marginación, que no siempre significa falta de lucas.

La cosa es que la ropa ya no es un problema social. Gabriela Mistral no encontraría hoy inspiración para escribir “piececitos de niño,/ azulosos de frío/ ¡cómo os ven y no os cubren,/ Dios mío!”. Las campañas solidaria de donación de prendas de vestir tienen cada vez menos sentido en comparación con la necesidad de alimentos e implementos y mobiliario domésticos.

Lo que tenemos no es un problema de falta de ropa. Tenemos una crisis de exceso de vestuario. Una verdadera disfunción de ropero, como diría Janet Jackson. Siguiendo la opción de un candidato presidencial, no voy a volcar acá las cifras, porque me interesa más que tengamos conciencia de cómo el ciclo de la moda está afectando al medio ambiente y convirtiéndose en un factor importante del calentamiento global.

La expansión de la industria de la moda implica un elevado gasto en recursos como el agua, emisión de gases de efecto invernadero y un tremendo problema de reutilización y reciclaje de materiales. La ropa se convirtió en un ítem tan desechable como un envase de bebida y tanto o más dañino si no se reabsorbe bien. Esta semana vimos esas fotos tétricas de las montañas de ropa en el desierto chileno.

La industria textil parece rezagada y anclada en esa época dorada del bienestar occidental de postguerra en que nos alucinaba todo lo sintético, lo inmediato, lo automático, el nylon, el polyester, la expansión acelerada del progreso material. No puedo decir que eso estuvo mal. Me remito a la imagen inicial de la gente descalza. El avance en la cobertura de necesidades básicas fue incompleto, pero muy amplio en las últimas décadas. Si nos ponemos a criticar en toda su dimensión al actual negocio de la moda, vamos a estar criticando también el acceso al abrigo de millones de personas en el mundo que antes no podían costearlo.

Lo que creo que tienen que hacer todas las personas involucradas en este problema es mantener el acceso relativamente fácil a la ropa que existe hoy, pero compensar a través de un reciclaje que sea responsabilidad de productores y distribuidores, como lo hacen hoy día algunas marcas fast fashion. Que lo sigan haciendo y que la trazabilidad de esos programas sea cada vez más transparente y abierta. Que se sumen más compañías de esta industria. Que no tengamos que volver esas “montañas de la locura”, como diría Lovecraft, en los paisajes naturales.

Y como personas consumidoras también podemos hacer ene. A las más pudientes, les pediría que se compren cosas buenas que les duren muchos años, aunque sean caras. Las colecciones que se renuevan todos los años son las de alta costura, completamente impagables. Están más que nada concebidas como espectáculo. No hay por qué seguir su ritmo. También sería bueno que volviéramos al costurero y la máquina de coser para arreglar las huellas del uso en nuestras pilchas. Si pagamos muchas lucas por jeans que ya vienen rotos, cómo no vamos a poder zurcir un calcetín.

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