Click acá para ir directamente al contenido

Jueves 10 de marzo de 2022

Columna de Ariel: Fraudes

Como casi toda la gente, pasé la última parte de las vacaciones y los primeros días de regreso a la pega en medio de puros fraudes. No, no me hackearon ninguna cuenta ni entregué las claves del banco para aceptar un aumento de cupo, sino que enganché con las series que tienen como protagonistas a personajes fraudulentos, estafadores, farsantes, cuenteros.

Vi Inventig Anna porque siempre voy a seguir a Julia Garner en lo que haga. Es mi actual favorita y desde ya la proclamo como mi candidata al papel principal en la biopic de sí misma que está preparando Madonna. Vi El Estafador de Tinder porque, claro, quién se puede resistir a ese título y vi Fyre porque un personaje de Inventing Anna aparece como el organizador de esta fiesta de ultra lujo en Bahamas que al final fue el desastre logístico más caro por el que alguna vez hayan pagado los millennials adinerados de este mundo.

¿Por qué nos gustan tanto las historias de fraude? Yo creo que es porque son perfectas. No es que nos sorprendan, porque cuando las conocemos ya sabemos que alguien estaba mintiendo. Lo que más nos gusta, yo creo, son dos cosas. Primero la historia de cómo se descubrió ese fraude. Y segundo, todas las peripecias que hace el personaje fraudulento, desde las ligeras y fáciles negaciones de un principio hasta los malabares agónicos cuando ya está acorralado. Es una mezcla de placer detectivesco con el morbo inevitable que nos provoca la caída de los demás, sazonada con una dosis de justicia que impera cuando llegamos al final del cuento.

Los fraudes prefectos son desconocidos, porque nunca se descubren. Los imperfectos son célebres y alcanzan la perfección como historias ante quienes no fuimos sus víctimas. Pero ¿es con las víctimas que nos reconocemos y por eso disfrutamos la caída de los victimarios?. No creo. A través de gran parte de estas historias, también nos identificamos con los estafadores. Admiramos su ingenio, su labia, su poder de persuasión, su determinación. No sé, creo que se atreven a ir a lugares con los que nosotros sólo fantaseamos.

Nos identificamos con la gente fraudulenta porque pienso que nuestra vida cotidiana también se construye un poco sobre la base de micro fraudes. Fanfarroneamos y exageramos nuestras historias para causar admiración y sentirnos mejor con nuestra propia imagen. Deberían verme con media copa de más. Prometemos más de lo que podemos cumplir y a medio camino arreglamos la carga para honrar un compromiso o extender plazos. Bicicleteamos con las finanzas de vez en cuando para darnos la vida que pensamos que merecemos. Nos gusta gozar, nos gusta que nos admiren, nos gusta que nos evalúen bien en los trabajos. Para conseguir esas gratificaciones, puede que de cuando en cuando nos sobregiremos o sobrevendamos, pero, como se dice en Argentina, siempre llega la hora de garpar.

Pero para las personas que se dedican jornada completa al fraude, la hora de pagar no llega. Mejor dicho, actúan como si la hora de pagar no fuera a llegar nunca. Y cada vez que zafan de que se descubra su engaño, reducen las posibilidades de salirse con la suya, hasta que ya los recursos se les agotan y no hay reserva para mantener la apariencia falsa que las encumbró. La caída desde ese punto sólo puede ser estrepitosa y el vértigo de imaginarnos en un lugar así también puede ser un poco lo que nos fascina.

Y también nos identificamos, pienso, con las víctimas, porque comprendemos esas ganas de creer de que otros nos deslumbren con su grandeza, su estilo, su fortuna y su empuje. Andamos pidiendo con la boca abierta que aparezcan personajes que nos den la ilusión de que hay un destino más glamoroso e intenso que el que nos espera en la cocina con platos sucios o en la entrada de la casa con cuentas que pagar. Necesitamos vivir vicariamente sus proezas.

No hay historias de mentirosos sin historias de crédulos. En algún punto entre nuestro impulso a mentir y nuestras ganas de creer debe encontrarse ese lugar inexpugnable al que llamamos la verdad.

SEGUIR LEYENDO