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Jueves 6 de enero de 2022

Columna de Ariel: Amores de Verano

Los amores de verano no existen. Para mí son más que nada un invento que se usó para marketear a Newton John y Travolta en Grease o para que Andrés De León vendiera unos cuantos discos en las profundidades de los noventa. Sí, a veces pienso que Don Draper tenía la razón en Mad Men cuando dijo que el amor lo habían inventado publicistas como él para vender medias de nylon.

Pensémoslo bien. La idea es que dos personas se conocen durante las vacaciones, tienen unos cambios de luces, atinan, se enamoran y se distancian cuando tienen que volver a sus rutinas, atesorando para siempre el tibio recuerdo de un amor que se quedó reverberando entre el oleaje y el graznido distante de las gaviotas. Mis polainas. Esto no sucede así.

Para que las cosas transcurran de esa manera, necesitamos idealmente dos personas solteras sin compromiso. Claro, una relación de verano puede ser tránsfuga, pero eso ya no es el amor de verano luminoso y acolchado que instalamos en nuestra imaginación. En esos casos hay dudas, sospechas, remordimientos. Drama. Siempre, a fin de cuentas, una dosis de drama.

Pero bueno, asumamos que nuestros gorrioncillos estivales tienen los papeles limpios y se encuentran en una esquina del laberinto del amor. Miren, me pondrán convencer de muchas cosas, pero no de que una relación con fecha de vencimiento, cual mísero yoghurt, no genera ansiedades e incertidumbres que compiten en intensidad con la sensación de enamoramiento y el entusiasmo carnal.

Un así llamado amor de verano no es la postal del atardecer con el sol derramando sus colores en el horizonte. Se parece más a un recreo que sabemos que va a llegar a su fin cuando suene la campana o el timbre o a un domingo o festivo previo a un día de pega. Se pasa bien, pero la sombra de un final ineludible está siempre presente estropeando el idilio de a poco, pero consistentemente.

Y además, tampoco creo que la palabra idilio refleje fielmente lo que pasa. Eso que ustedes llaman amores de verano son más bien unas peladas, ponceos, touch and go, como sea que le digan. Son revolcones en medio de ingestas importantes de copete, pitos y otras drogas que estén de moda en el momento. Se trata de agarrar algún trofeo, alguna medalla, por furtiva y fugaz que sea. Algo similar a la situación Tere Tagle y Pancho Correa que se destapó hace un año en cachagua, gracias a esa usuaria de whatsapp que resultó experta en trazabilidad de contagios de colegios religiosos de la clase alta.

¿Está mal todo esto? Para nada. La vida, el deseo y el amor son así. Lo que me parece mal es tomarse en serio la imagen de ese encuentro mágico contra el telón de una puesta de sol épica. Eso déjenmelo para Grease, que es la película que ahora mismo me voy a repetir.

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