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Jueves 31 de marzo de 2022

Columna de Ariel: ¿Tienen uso los horarios?

Esperar es algo que hacemos bien poco. Cuando no había celulares y quedabas de juntarte con alguien, tú o la otra persona podían tener un inconveniente que generara algún grado de atraso. No había cómo avisar, así que esperabas no más. A veces el tiempo que pasabas en la espera superaba la hora. Otras veces, simplemente no llegabas o simplemente te plantaban, sin poder saber qué había pasado hasta que las dos partes coincidieran con teléfonos fijos a su alcance.

Supe también de mamás que no se dormían hasta que llegaran a la casa sus adolescentes de alguna juerga de fin de semana. Si no encontraban un teléfono público, no podían avisar (ni mentir sobre dónde estaban). Así que a esperar, muchas veces con la guata aparetada.

Me pregunto cómo habrá sido la vida antes de que existieran los relojes mecánicos. ¿Habrá habido diferencia para alguien entre lo que llamamos hoy las 3 y las 4 PM? Me dirán que estaban los relojes de sol, pero ¿si estaba nublado?. ¿Cómo se veía la hora de noche? Imagino que no todo el mundo cachaba tanto de astronomía como para orientarse por las estrellas. ¿Hasta qué hora daban permiso los padres de la edad media y cómo sabían si les cumplían?

Hoy, las reuniones empiezan como máximo a los cinco minutos de la hora de citación. Supe que acá en Chile, antes de la era digital, lo habitual era esperar quince minutos de cortesía en las reuniones de trabajo. Básicamente por lo que pasara en el tráfico, que era el donde las personas quedaban desconectadas de la red de comunicaciones. Nuestro margen se redujo a un tercio.

Así como esperamos cada vez menos, también es cada vez más difícil desaparecer, evitar que se sepa dónde andamos. Los dispositivos que usamos generan señales avisando su posición. La mamá angustiada de décadas atrás puede ahorrarse la incertidumbre no sólo llamado a su progenie, sino que viendo en tiempo real su posición.

Podríamos creer que la tecnología, en vez de liberarnos, nos restringe mucho más. Nos hace más dependientes de la medida del tiempo y nos impide burlarla. Pero también nos posibilita otros arreglos, por ejemplo, como nos pasó en la pandemia, descubrir que en muchos casos podemos trabajar donde queramos, usando la ropa que queramos y en el horario que queramos.

¿Para qué necesitamos hoy oficinas y horarios? A mí, que soy más fan de la soledad y renuente a las interacciones cara a cara cuando son evitables, me cuesta responder. Asumo que hoy el tiempo nos esclaviza más, pero los horarios nos pueden liberar. Horarios y tiempo no son lo mismo. Cumplir horarios te libera un poco del tiempo, porque se asume que fuera de horario el paso de las horas te pertenece. No cumplirlos te ata más al tiempo, porque tienes que coincidir con hábitos distintos que bien pueden imponerte llamadas o reuniones cuando los demás no trabajan. Los horarios tienden a ser más presenciales. El manejo del tiempo es más virtual. Por supuesto, hay quienes imponen tanto el control del tiempo como el de los horarios. Eso es una patudez que habrá que arreglar, porque las dos cosas al mismo tiempo se pueden tener sólo a costa de enloquecer y extenuar al resto.

Los horarios son para personas con aversión a la incertidumbre. El manejo del tiempo es para las que asumen que nada garantiza que lo que un día está en pie lo estará al siguiente. Pero también los horarios te abren más al transcurso natural de los acontecimientos y crean espacios “fuera de horario” donde ocurren las partes interesantes de la vida, donde opera el azar y surgen descubrimientos. El manejo del tiempo es más ilusorio y puede convertirnos en seres cerrados al entorno, interactuando sólo con otras interfaces tras las cuales se encuentra otra vida aprisionada en pocos metros cuadrados de los que rara vez se moverá.

No sé si podemos elegir entre las dos opciones o una de ella se impondrá de una forma inevitable.

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