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Miércoles 10 de marzo de 2021

Abuelito, dime tú: Impresiones sobre la vejez a partir de “El Agente Topo”

Supongamos que es 1900 y que internet existe. Es  muy probable que si tuvieras 24 años no estarías leyendo esto, porque ya habrías muerto. En Chile, la Esperanza de Vida al Nacer era en promedio de  23,6 años para las mujeres y 23,5 para los hombres. Hoy, es de 82,1 años para las mujeres y 77,3 para los hombres.

La película El Agente Topo desató un nuevo debate sobre la vejez y la forma en que tratamos a la cuarta y quinta edad en el país después de llegar a Netflix (el documental de Maite Alberdi se estrenó hace meses, pero hoy las cosas pasan de verdad cuando llegan a Netflix).  Una  de las cosas que aterran es la soledad en que quedan las personas mayores que no son autovalentes y que las familias que pueden dejan en casas de reposo donde el reposo no es tanto.

Lo que aterra es que sabemos que nos puede pasar. Morir a los 24 es muchísimos menos probable que morir a los ochenta y tantos sin acordarnos de cómo nos llamamos y con enfermeras cambiándonos los pañales. El problema de hoy es que vivimos mucho y la medicina y la ciencia no han encontrado nada para frenar el alzheimer, la demencia senil, el deterioro de las articulaciones y todos los problemas que surgen en la parte final de la vida.

Esos problemas no eran tan comunes antes porque la gente no alcanzaba a tener la edad en que aparecían. Pero ahora sí. El asunto con la vejez no es que hoy no respetemos las canas, la sabiduría ni la experiencia de los mayores. “Apreciemos y amemos la vejez, porque está llena de placer si uno sabe cómo usarlo”, decía Séneca. Pero él murió a los 69.

Es cierto que las arrugas y las canas siguen generando rechazo. En la tele, por ejemplo y sobre todo para las mujeres, son el preámbulo de la jubilación anticipada. La tecnología ha sido otra forma en que la tercera edad viene quedando desplazada, como viviendo en otro mundo y hablando otra idioma, una lengua muerta que los tik tokers no conocen ni quieren conocer. Pero no se trata de eso esta vez.

Esta vez se trata de que la vejez se extiende más allá de la edad de lo que se llama eufemísticamente “los años dorados”, esa idealización de una vida con canas y una que otra restricción alimentaria, pero con la plata de la pensión y mucho tiempo propio dedicado a intereses y placeres postergados. Después viene una fase que no se puede idealizar, una vuelta a los primeros meses de la vida, en que las personas vuelven a usar pañales, a alimentarse de papillas y de a poco olvidan cómo hablar.

Puede parecer ideal encaminarse a la muerte con la conciencia de una guagua que no conoce el dolor existencial. Francis Scott Fitzgerald imaginó algo así en su cuento El Extraño Caso de Benjamin Button. Un director de cine muy cancelado por estos días, cuyas iniciales son W. A., también decía que la vida debería ser al revés, terminar en la placidez cálida del útero y acabarse con un orgasmo (algo de eso igual hay cuando hablamos de tener un orgasmo como “acabar”). Pero pensar que las personas muy mayores son como guaguas  no toma en cuenta la carga de  decrepitud, el dolor físico, los efectos de los remedios y la conciencia de una vida anterior que va, vuelve y desorienta todavía más.

La nueva vejez no nos enfrenta a un problema de respeto. Nos enfrenta a un problema de lo que hoy se llama empatía, pero que en realidad es de compasión. Lo que hagamos hoy con las personas que son los tullidos y leprosos de nuestra época nos puede tocar de vuelta. Porque para allá vamos. Como decía Nicanor Parra, la delantera no más nos llevan.

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