RESEÑA | Arcade Fire en Chile: La fiesta de la catarsis

12/12/2017

RESEÑA | Arcade Fire en Chile: La fiesta de la catarsis

Ignacio De La Maza

El grupo canadiense demostró su relevancia haciendo bailar a todo el Movistar Arena.

‘We Don’t Deserve Love’, la balada que, para efectos prácticos, cierra el nuevo álbum de Arcade Fire, es una opción audaz y arriesgada para reservar hasta cerca del final de un show. En ella, la bravura épica que envuelve y potencia a tantos clásicos de la banda canadiense retrocede para revelar la vulnerabilidad en el centro de sus canciones, ahora presentada como una herida abierta y una voz resignada. Es una canción devastadora, un relato melancólico y derrotado sobre las decepciones diarias que corroen el espíritu y la incapacidad de mantener la compostura incluso en la supuesta seguridad de la intimidad, demasiado agotados de que la vida pase por encima y el mundo parezca derrumbarse a tu alrededor. Sin embargo, no es un ejercicio en miseria. Después de todo, Arcade Fire está compartiendo un momento de profunda desnudez emocional frente a 14.000 personas que han pasado las últimas 2 horas cantando cada palabra del concierto como si la vida dependiera de ello.

Y es que, si hay que encontrar la razón para entender por qué Win Butler y compañía son probablemente la banda más aclamada de su generación, la respuesta está en su casi inigualado manejo de la catarsis como principio que guía a cada una de sus canciones. Es la razón por la que ‘Funeral’ (2004) resonó ante toda una generación que buscaba cómo articular la contradicción de vivir entusiasmada por el futuro y a la vez intensamente aterrada por la muerte y el paso del tiempo, o por qué los temas de ‘Neon Bible’ (2007) son tan pertinentes como retrato de las ansiedades de la era Bush y también como reflexiones sobre el mundo bajo el control de Donald Trump. Hay pocas bandas que sepan capturar el momento, y que ese momento se sienta tan eterno.

Todo esto podría hacer de Arcade Fire una banda demasiado intensa (y lo son, en el mejor de los sentidos), pero su obsesión con la honestidad emocional viene afortunadamente acompañada de un sentido lúdico que hace de sus conciertos una celebración, no un funeral. Haciendo su aparición a las 21:30, el extenso conjunto entra desde el público, recibidos como estrellas de boxeo (el escenario está inicialmente moldeado como un ring) y aires de carnaval de Nueva Orleans. Después de tomar posición, convierten al Parque O’Higgins en una pista de baile con el despacho de ‘Everything Now’, el tema titular del álbum que los devolvió a estas tierras a casi 4 años de su legendaria participación en Lollapalooza Chile. Desde ahí, los momentos de descanso son pocos.

Habla con creces sobre la perfección y confianza que Arcade Fire ha alcanzado sobre el escenario que su espectáculo haya sido inolvidable pese a estar construido sobre lo que es su álbum más débil. Sin embargo, es difícil resistirse a temas menores como ‘Peter Pan’ o ‘Put Your Money On Me’ cuando son entregados con la convicción que el grupo le da a todas y cada una de las partes de su generoso setlist de 24 canciones. Y claro, ayuda que todos los discos previos de Arcade Fire son clásicos de su época, por lo que la sección que básicamente concentra todos los hits del implacable ‘The Suburbs’ (2010) y el extenso aire carnavalesco de las canciones de ‘Reflektor’ (2013) mantienen al público moviéndose constantemente. Sobre escena, la banda irradia carisma y ritmo, intercambia instrumentos y tiempo frente al micrófono (todo lo que hace Regine Chassagne es un verdadero tesoro), improvisa en español y dedica composiciones a la memoria de David Bowie. Su manejo de audiencias los hace ver como auténticos veteranos de la industria, pese a que han pasado solo 13 años de su debut (aunque si lo pensamos, 13 años es una verdadera eternidad).

De hecho, en esa trayectoria de poco más de una década, Arcade Fire ya puede darse el lujo de hacer un show de grandes éxitos, con momentos de euforia, baile y gritos con nuevos clásicos como ‘Rebellion (Lies)’, ‘Neighborhood 1 (Tunnels)’, ‘My Body Is A Cage’ y ‘Ready To Start’… Y aún así dejar himnos como ‘Keep The Car Running’ y ‘We Used To Wait’ fuera de los procedimientos. La única nota que empaña lo que fue un desplante redondo fue el sonido algo saturado que no dejó apreciar los matices de los primeros temas, pero incluso ahí la banda vendió cada momento con la convicción de que lo que hacen es fundamental.

Al final, la música que hace Arcade Fire es sobre crear conexiones emocionales significativas en medio de un mundo hostil. Hey, podríamos argumentar que toda la música trata finalmente sobre eso, pero no hay ninguna banda en este siglo que haya abogado más por el poder transformativo, trascendental y unificador de la música como red emocional y como exorcismo masivo de nuestros pesares diarios. El 2017 ha sido un año profundamente extraño, en donde suceden cosas tan insólitas como tener que recordar si quiera que el nazismo es algo horrible y que la empatía no es una virtud sino que un principio básico, pero a veces lo único que necesitas para tener la esperanza de que todo estará mejor es compartir un momento junto a 14.000 extraños que cantan entre lágrimas frente a una de las bandas definitivas de nuestra generación. Para eso existe la música. Y Arcade Fire lo sabe. Al final del día, todos merecemos amor.  

 

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